martes, 19 de julio de 2011

LA TORMENTA

Pájaros de papel:

Recorrí bajo la oscuridad los jardines de aquel paseo de palmeras, entre sombras misteriosas y extrañas. La luna, oculta tras las nubes, aparecía y desaparecía intermitentemente. El viento soplaba arrancando hojas amarillas y deshojando las últimas rosas. Las jarcias de los barcos silbaban produciendo una espeluznante melodía que se unía al canto de las olas.
El barco llegó al puerto aquella misma tarde y súbito acudí a la llamada de mi arrogante bandolero.

Descendí las escaleras de caracol hacia el camarote. Una mano atrapó mi tobillo a mitad de los peldaños y fue escalando por mi muslo convertido en madera de pino ardiendo. Los largos dedos apartaron la cortina que cubría mi parte más íntima. De pronto sentí como se ablandaban las paredes de mi intimidad y un rocío mojaba el candoroso aliento que golpeaba mi monte de Venus. Me separó las piernas y su lengua blanda se introdujo en mi guarida. Resoplé. No sabía dónde sujetarme para no dejarme vencer. De pie, con las piernas abiertas, me agarré a la baranda y me sentí enloquecer. No podía soportar la espera. El oleaje acrecentaba la sensación de permanecer en languidez y ebriedad. Aquellas manos ardiendo quemaban ahora mis pechos. Mis pezones endurecidos me excitaban más; sobre mi pecho caían mechones de mi larga melena. Las paredes húmedas y blandas de mi guarida acogieron a su huésped; una gran convulsión se desató en mi cuerpo con descargas eléctricas como las producidas por la tormenta ensordecedora que en el exterior apagó la luminosidad de la luna. Llovía pero la lluvia no conseguiría apagar mi fuego.


Etiquetas: fuego y rocío

No hay comentarios:

Publicar un comentario